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70 años de impunidad

3 abril 2009

Secretaria de Comunicación del PCE / 01 abr 09

El día uno de abril del 39, por poner la fecha del célebre bando del general Franco ya que la traición estaba pertrechada desde mucho antes, se acabó definitivamente el sueño de transformación social para varios millones de españoles y españolas: un golpe de estado militar fue el origen de la guerra civil y de la liquidación de los logros democráticos plasmados en la Carta Magna del año 31; pasarían casi cuarenta años para que en nuestro país se volvieran recuperar pautas y funcionamientos democráticos, para que varias generaciones de españoles y españoles conocieran, a veces parece que no han llegado a comprender el coste que tuvo, qué es vivir en libertad, aunque sea con minúscula.

Con ese primero de abril se acabó todo: las mujeres volvieron a las cocinas y a mantener el calor del hogar y la preservación de la raza; los alumnos a la enseñanza católica, apostólica y romana; los corruptos a llenarse los bolsillos con el estraperlo y el grueso del pueblo llano, vuelto a calzar alpargatas, a obedecer sin rechistar las órdenes de patronos y latifundista agrarios. Los otros, los vencidos, pasaron a Francia a los campos de concentración y luego a vivir otra guerra, la mundial, y pasar directamente a los campos de exterminio nazis como apátridas (ya se encargó Serrano Súñer de atarlo bien); los que se quedaron, se vieron presa de las más cruel represión que proporcionó la paz de Franco con juicios sumarísimos, consejos de guerra sin garantía de defensa alguna, o, lo que aún es más horrendo, con un tiro en la nuca enterrados con nocturnidad y alevosía bajo el cielo gris de la impunidad por grupos paramilitares falangistas defensores del orden impuesto. Si sólo en el campo nazi de Mauthausen-Gusen se cifran las víctimas españolas en siete mil, en cunetas, fosas comunes no identificadas, simas, cuevas y campos de la patria renovada podemos contabilizar hasta cuarenta mil personas desaparecidas en la actualidad. No es cuestión de cifrar los muertos y desaparecidos por la represión, se trata de reconocer y denunciar a un Estado totalitario y represor, que no vaciló en privar de libertad, e incluso de la vida, a su oponente hasta aniquilarle o anularle; que violó los más mínimos derechos que a todos los ciudadanos les había otorgado la constitución democrática en su Título III, Capítulo I, los que comúnmente conocemos como Derechos Humanos a día de hoy.

Las miles de personas que, según el final de la guerra pactado con la Junta de Defensa de Casado, Miaja, Besteiro y Mena, podían acceder, desde el puerto de Alicante al exilio, también se vieron engañadas in situ para pasar a víctimas, primero de las tropas italianas y luego de las que la historiografía franquista llama nacionales: personas que pasaron a engrosar el tristemente célebre campo de reclusión de Albatera, donde fueron hechos desaparecer centenares de personas leales a las ideas republicanas y desde donde otras pasaron a engrosar las filas de presos y presas de las cárceles y los campos de trabajo para redimir penas y engordar las arcar de empresas como la del conocido Banús, Huarte o Construcciones y Contratas, por mencionar algunas que aún quedan en nuestra memoria.

Curioso aniversario el de hoy. Setenta años después seguimos hablando de modelo de impunidad español, fraguado en nuestra modélica Transición por los herederos políticos, sobre todo por ellos, de la cultura política de la dictadura. También por los demócratas y por las gentes de la izquierda de entonces; modelo ni corregido ni enmendado a pesar del tiempo transcurrido y que permite que los luchadores y luchadoras defensores de los valores democráticos, los que intentó desarrollar la II República en España, y juzgados por ello, setenta años después, un Estado de derecho mantenga firmes todas las sentencia condenatorias, muchísimas aplicando la pena capital, por instigadores a la rebelión. Si los que cogieron el fusil para defenderse de un golpe militar, acusados de rebelión. O de delincuentes y bandoleros.

Aquel famoso bando del 1º de abril, el de la España con destino universal, aún planea por las mentes, y las vidas, de muchos ciudadanos españoles; está en el recuerdo y en el acervo cultural de nuestra España moderna, está en la leyenda franquista y en el chiste del pueblo llano, en el recurso literario y en la piel aún erizada de los familiares y amigos de aquellos que vieron rotos sus hogares, su patrimonio, su sentido de la vida, por pertenecer a los que perdieron no sólo la guerra, sino desde aquél primero de abril, todo.

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