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Entrevista de Javier Ortiz a Julio Anguita

28 abril 2009

El arte de preguntar a un genio de la respuesta.

jarier_ortiz«Ser de izquierdas significa no claudicar»

2007/01/11

 

Ya no ostenta ningún cargo, pero tiene una autoridad moral que pocos le niegan. Y no para: da conferencias, participa en debates, escribe… Acaba de publicar un nuevo libro: El tiempo y la memoria (La Esfera de los Libros, 2006) en colaboración con el periodista Rafael Martínez-Simancas. Julio Anguita reflexiona en esta entrevista sobre la izquierda real y sus perspectivas.

 

 JAVIER ORTIZ.– ¿Qué es ser «de izquierda» hoy? Según la creencia popular, son «de izquierdas» Zapatero y Josu Ternera, Tony Blair y el subcomandante Marcos, Lula de Silva y Eloisa Helena, la socialdemocracia alemana y el Frente Popular para la Liberación de Palestina… ¿Tiene algún sentido hoy esa etiqueta? ¿No confunde más que aclara?

 

JULIO ANGUITA.–  Estamos instalados en la confusión. Hoy en día, los términos «izquierda» y «derecha» se utilizan para hacer políticas que, en el fondo, son iguales. Pero iré al fondo: ¿qué es ser de izquierdas? Yo me lo he planteado muchas veces. Formulo una negación y una afirmación. La negación implica no aceptar el mundo tal como está; no someterse, no claudicar. ¿Y cuál es la afirmación? Ahí podría hablar del socialismo, del comunismo… Pero mi planteamiento es más básico: se trata de luchar por una sociedad en la que se respeten todos los derechos humanos. Hablo de los derechos establecidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos, imposibles de alcanzar, en mi criterio, dentro del sistema capitalista.

 

Esa lucha puede tener muchas vertientes. La política es una de ellas. Pero a condición de que la política sea un instrumento para cambiar las cosas. Participar en la política institucional presenta el peligro de que las instituciones te dominen. Por eso es imprescindible defender tus valores en la práctica cotidiana, día a día y en cada asunto, articulándolos en un programa, no bajando la guardia ideológica y organizándote con otros para marchar en la dirección indicada, pero escapando de la tendencia que tiene toda organización a convertirse en iglesia.

 

Hablas de los derechos humanos y todo el mundo te responde: «¡Por supuesto! ¡Estamos de acuerdo!». Pero entonces señalas lo que eso implica: tomar partido frente a la política económica existente, oponerse a la alienación cultural, declarar la guerra a la guerra… Y entonces son muchos los que ya no están tan de acuerdo.

 

J. O.– De la misma manera que hay quien dice que el Vaticano no representa «el verdadero cristianismo», que pertenece a las comunidades cristianas de base, los hay que sostienen que «el verdadero comunismo» nunca estuvo en el Gulag, ni en el Muro de Berlín; que hay que buscarlo en la labor abnegada de los comunistas que luchan por la liberación del género humano. Pero la gran mayoría no lo ve así. ¿Vale la pena gastar penas y esfuerzos en rescatar del lodo un nombre, el del comunismo, que parece ya inevitablemente enlodado?

 

J. A.–  Lo que no cabe es decir: «Aquello no era comunismo». Lo fue. Y tuvo cosas terribles. Pero también aspectos indudablemente positivos. La importancia de la lucha de los comunistas contra el fascismo, por ejemplo, está fuera de duda. 

 

Hay muchas cosas recuperables del comunismo histórico, sobre todo del vivido en condiciones de resistencia. Pero la cuestión es: ¿cabe recuperar también el nombre? Eso es algo que tienen que decidir quienes participan en esa lucha. Nosotros estamos en un partido que se proclama comunista. ¿Qué creen sus militantes que significa ser comunista en el siglo XXI? Es eso lo que se está planteando ahora mismo el PCE con el Manifiesto-Programa que estamos debatiendo. Es un debate incómodo, porque exige que cada cual se sitúe ante la Historia, ante lo que existe y ante lo que dice que quiere ser, y eso le obliga a pensar y a replanteárselo todo, de arriba a abajo.

 

En el ser humano hay una tendencia natural al acomodamiento, a la búsqueda de posiciones mentalmente confortables, y eso es muy peligroso. El fascismo se alimenta de esa debilidad humana. Es muchísima la gente que busca a alguien que le libere de la obligación de pensar y le dé las respuestas ya hechas: esto es lo bueno y esto es lo malo, etc. Los comunistas no son ajenos a esa querencia, desde luego. Y menos en un país como España, tan dado a la quietud intelectual.

 

El PCE, durante el periodo de la lucha antifranquista, tenía un modelo: el de la revolución rusa. Aunque a partir de cierto momento la dirección del partido fuera crítica con algunos aspectos de la política soviética, el modelo siguió estando presente, activo. Ha llegado el momento de decir que la revolución rusa fue un fenómeno histórico singular, explicable en función de toda una serie de tradiciones, de realidades y de necesidades específicas, no exportables.

 

Marx y Engels anunciaron que las revoluciones socialistas serían resultado del conflicto entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el carácter restrictivo de las relaciones de producción. Sin embargo, las revoluciones dirigidas por comunistas que se han producido de hecho han tenido como escenario países económicamente atrasados, que han debido hacer después acumulaciones capitalistas sui generis dirigidas por gobiernos comunistas.

 

Nosotros estamos en un área del mundo comparativamente desarrollada. Tenemos que hacer nuestro propio análisis.

 

J. O.– …Y alimentarlo con un determinado espíritu, ¿no?

 

J. A.– Cierto. El análisis de la realidad no conduce a la rebeldía. El conocimiento de la realidad permite hacer más eficaz la rebeldía, pero no la genera. Al final, quien opta por la lucha lo hace por razones subjetivas, de ética personal.

 

Lo cual no tiene por qué conllevar ningún tipo de fanatismo. Mi experiencia me indica que los militantes de apariencia más dura e intransigente han sido también con frecuencia los más quebradizos. En mi militancia ha habido un punto permanente de escepticismo. Hay que alimentar siempre una cierta duda.  El debate que estamos promoviendo ahora mismo en el PCE pretende en buena medida eso: sembrar la duda. No sobre nuestra decisión de seguir en la lucha. ¡Ahí desde luego que no vamos a cambiar! Pero sí sobre algunas ideas que a veces damos por buenas sin haberlas examinado a fondo.

 

J. O.– Usted ha tenido no pocos problemas por negarse a aceptar sin más una de esas ideas: la de «la unidad de la izquierda».

 

J. A.– La idea de la unidad de la izquierda ha sido muy debatida desde la fundación de la Internacional Comunista. Entre otras cosas, porque ha habido izquierdas muy diversas, según las épocas y los países. Nuestra realidad reciente ha estado considerablemente condicionada por la dictadura franquista. Las dictaduras tienen muchas consecuencias terribles, la mayoría de ellas provocadas por la opresión (falta de libertad, fusilamientos, cárceles, etc.), pero algunas también por el contagio: a fuerza de enfrentarse a un poder burdamente inmoral y política e ideológicamente maniqueo, la oposición también adopta posiciones simplonas y de moral acomodaticia. Una muestra de ese simplismo superficial fue la defensa que muchos empezaron a hacer de la llamada «unidad de la izquierda».

 

Para muchos promotores de la «unidad de la izquierda», de lo que se trataba, en resumidas cuentas, era de que las direcciones del PSOE y el PCE llegaran a un acuerdo parlamentario de reparto de cuotas de poder, sin entrar en demasiadas consideraciones programáticas. «Para desbancar a la derecha», decían los del PSOE en sus mítines. Y yo contestaba, y sigo contestando: pero, caballeros, si su política fiscal y la de la derecha son primas hermanas; si ustedes y la derecha están codo con codo en la OTAN; si se ponen de acuerdo en mandar tropas a allí y allá; si se encuentran en perfecta sintonía en la Unión Europea… ¿Tendremos que someternos a una política de derechas para «desbancar a la derecha»? ¿Habremos de renunciar a ser de izquierdas para que haya «unidad de la izquierda»?

 

¿Unidad de la izquierda? ¡Bien! Veamos sobre qué bases, con qué programa, para hacer qué. Si nos ponemos de acuerdo en ello, adelante. Pero el PSOE jamás ha estado dispuesto a ese tipo de unidad de la izquierda. Hubo una época en la que nos sentamos a discutir de posibilidades de colaboración. Pasamos cuatro meses en ello. Pero, así que llegamos al apartado de la política fiscal, el PSOE se cerró en banda. De hecho, tampoco ha querido nunca prescindir de sus acuerdos estratégicos con la derecha.

 

J. O.– Sin embargo, ahora se vuelve a hablar de «unidad de la izquierda» en términos casi idénticos a los de entonces. ¿No sirve la experiencia para nada?

 

J. A.– Todo se olvida. No lo de hace décadas: incluso lo de anteayer. Hemos entrado en un tiempo en el que sólo existe el hoy. Hoy hay un hoy, y mañana habrá otro hoy, y pasado, otro hoy. No hay ayer; no hay mañana. En esas condiciones, la memoria no existe, ni tampoco la experiencia.

 

J. O.– Usted lo ha experimentado de manera muy directa. En las elecciones de 1985 (*), los mismos que dijeron que si IU lograba el 12% de los votos habría logrado un buen éxito, presentaron días después como un fracaso que IU hubiera alcanzado… el 12% de los votos.

 

J. A. – Y lo más triste es que eran ataques alimentados desde el interior de la propia IU, que nunca ha sido homogénea ni coherente. Desde sus orígenes, su discurso siempre ha arrastrado un contradiscurso interno, amparado en banderas de diferente nombre pero idéntico contenido: «juntos podemos», «la casa común», «la izquierda plural»… La última es recurrente: vuelve el runrún de la «unidad de la izquierda» por la brava, sin programa común ni nada que se le parezca.

 

IU ha tenido que soportar un constante boicot interno de gente cuyo deseo nunca ha sido otro que el de compartir las mieles del PSOE triunfante, aunque para eso hiciera falta renunciar a todo proyecto de transformación social digno de ese nombre.

 

J. O.– Ese género de mezquindades ha asqueado a bastantes. Los hay que han puesto tierra de por medio.

 

J. A.– Ha sido duro –y sigue siéndolo– mantener un proyecto como el de IU en condiciones del género de las actuales, que no son demasiado propicias ni en el plano interior ni en el europeo y occidental. No me cuesta entender a la gente combativa de izquierda, del PCE y de otras tendencias, que ha hecho el petate en los últimos años y se ha ido a arrimar el hombro a Venezuela, a Perú, a México y a otros países de América Latina que están en ebullición y en los que su labor puede ser importante, porque son personas preparadas y con experiencia. Constituyen una especie de nuevas Brigadas Internacionales.

 

Es verdad que la realidad política de aquí puede resultar a veces bastante exasperante. Pero también vale la pena afrontarla. Quizá nuestra generación no consiga ya obtener grandes logros de enorme trascendencia histórica, pero la rebeldía ante la injusticia y la lucha codo con codo con quienes participan del mismo empeño producen un grado de satisfacción, e incluso de felicidad, que no resulta nada desdeñable. Vista desde ese ángulo, la generosidad tiene también su tanto de egoísta. Sólo que es un egoísmo que puede reportar beneficios a los demás.

 

J. O.– Diagnosticado que ya no estamos en la época de las revoluciones socialistas a la antigua usanza, ¿de dónde han de surgir las fuerzas que empujen hacia la transformación social?

 

J. A.– De los más diversos campos: desde el consumo a la enseñanza, desde el comercio justo hasta el movimiento cooperativo, desde la defensa del medio ambiente a la movilización de los excluidos del sistema… de todos los muchos focos de profunda insatisfacción que provoca el actual orden mundial. Lo que se impone, en todo caso, es afrontar esa tarea con perspectiva internacional, porque también el campo de batalla se ha globalizado.

 

J. O.– Usted no es un político español al uso en casi ningún aspecto. Tampoco en lo que se refiere a sus criterios sobre la organización territorial del Estado y a su posición en lo relativo al enfrentamiento entre el centralismo y las reivindicaciones de las nacionalidades.

 

J. A.– Fui educado en la parafernalia de la «sagrada unidad de España», del «Imperio», de la condena de los «contubernios rojo-separatistas», etc. Eso marca. Condiciona los sentimientos. Pero luego uno ve, uno lee, uno razona… y lo que ve, estudia y reflexiona entra en contradicción con los sentimientos que había alimentado hasta entonces. En mi caso, esa pugna se tomó su tiempo, pero al final fui llegando a algunas conclusiones claras. De la primera de ellas di cuenta en una conferencia que pronuncié en 1980 en Madrid, en el Club Siglo XXI, y me valió un río de críticas. Dije: «España no está hecha. Habrá que hacerla». Yo no lo sabía, pero luego me enteré de que Antonio Alcalá-Galiano hizo esa misma afirmación no muy avanzado el siglo XIX. El problema es viejo.

 

No fue sin resistencia interior como tuve que ir asumiendo que la Historia de España que me habían enseñado estaba repleta de falsedades. Yo he visto en el despacho del monarca el decreto por el que Carlos III estableció que la bandera de España habría de ser la roja y gualda. «Y llevará el escudo de Castilla», añadía. «¿Y por qué sólo el de Castilla, y no todos?», pregunté. España siempre ha sido definida desde el poder del Estado. No fue un producto de la maduración histórica, como la nación francesa, que es el ejemplo clásico.

 

En mi concepción, España sólo puede sustentarse en el acuerdo de los pueblos que la componen. A mí me gustaría que estuviéramos todos conformes en marchar en común, pero si un pueblo no está de acuerdo, o si hay dudas de si lo está o no, y en qué proporción… ahí defiendo que se reconozca el derecho de autodeterminación. Que es un derecho, por cierto, suscrito por el Estado español en las Naciones Unidas.

 

De todos modos, cabe estar juntos de diversos modos. La derecha mostrenca todavía no ha entendido que el Estado federal es una forma de Estado unitario. Podría instaurarse sin que eso supusiera el fin de la unidad de España, ni mucho menos.

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